La Pirámide

En lo alto de la última pirámide inca, moribunda y olvidada, la Diosa Reina y su hija, la princesa, se aferran al trono de una civilización en decadencia. No quedan peces, no hay agua, el hambre carcome, y la vaca sagrada es ya un ícono sombrío de lo que fue. Pero la llegada de una Rata que habla sacudirá los cimientos de ese mundo decadente.

Verdades y mentiras, alianzas frágiles y traiciones de una naturalidad sorprendente se entrelazan frente a la sombra de los conquistadores, que ya han saqueado las riquezas.

Lo icónico y lo absurdo se confunden: el canibalismo, el poder, la identidad, las convenciones sociales… todo aparece en clave de farsa, como en un sueño que insiste en llamarse tragedia.

Todo parece reconocible: el derrumbe de un imperio, el hambre que rompe los extremos, las alianzas que se vuelven trampas, la imposición del Otro, la lengua que oscila entre lo ancestral y lo colonizador.

La invitación para el espectador es doble: sentarse a disfrutar del teatro como acto vital —esa alegría de estar ahí, en una butaca, con cuerpos que habitan lo imposible— y, al mismo tiempo, dejarse atravesar por la pregunta: ¿Qué sucede cuando lo que fue se convierte en ruina y sólo queda la fantasía de sostenerlo? ¿Cómo sobrevivimos cuando la historia pretende devorarnos? Pero también: ¿Qué ocurre cuando, contra todo pronóstico, lo nuevo asoma entre las grietas del viejo mundo?

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